10 Enero 2012
Me gustan las tardes de domingos, así, como precisamente la de hoy, cuando las calles están casi vacías, y el ruido de los coches son pocos, y el sol invernal siempre tan picoso atraviesa con su calor todo mi cuerpo. Podría decir que todo es perfecto, siento cierta paz que he buscado hace tiempo, o casi perfecto si no fuera porque me gustaría entonces estar perdido en el laberíntico Real… y también porque se hace necesario escuchar tu voz, saber de ti por un segundo en este día, y quizá el tímido anhelo de detenerte muchas horas porque han faltado muchísimas cosas por decir en ese tintero mío eterno, y aunque sé o no sé dónde están tus pasos, casi los escucho en mi incierta sala de espera que no sabe lo que espera, tan sólo quizá otro momento para cerrar los ojos y evocarte para no decirme que sigo existiendo en una caída libre extraña, a pedazos.
Hoy al despertar me sentí vivo, no sé si antes lo estuve, pero sentí cómo el aire llenaba mis pulmones, que ya no son los de un niño, y mis ojos se hicieron pequeños con el sol radiante retocando el cielo azul profundo que he de repetir que me gusta tanto, que me llena, que se queda a empalagarme el ánimo con la dicha de la vida.
Y sin embargo, no estás (cierto, no tienes por qué estar), y me lo tengo que callar (como el valiente que no soy), pero en este otro lado de esta Tierra estamos de alguna manera compartiendo este aire, y el mismo sol de millones de años, y el mismo cielo al mismo tiempo, sin dejar de ser nosotros, siempre sin dejar de pensarte, dejando horas imprecisas de mi inexistencia, con el sabor de los baúles que guardan ese olor cuando los abres después de mucho tiempo y de tanto que he acumulado de desencuentros, para seguir el camino que ya no persigo más.
Sonrío con pequeños pero significativos logros que quisiera ir a correr a entregártelos, aunque no sea yo el personaje favorito de tu historia (no importa) porque en la carta que has echado al aire, al cielo, al tiempo, en la que vuelves a romper el silencio hacia él, noto que casi estamos por igual: tú con aquella persona a quien le prometiste, como dices, amor vitalicio, y yo, sin copiar tus palabras, no te lo puedo prometer ni lo prometo, porque sencillamente lo vivo como brasa ardiente en las manos, en los pies, en el pecho, cada segundo de mi existencia, aún en esta época de frío polar, en el que al recostar mi turbulenta cabeza a veces de extraños pensamientos sobre una almohada ya sin forma de tantos sueños que se le han escapado de lo rota que está, de pronto te visualizo ahí, no precisamente a mi lado pero sí en algún sitio indefinido, impreciso de mi helada cama-cuarto como esa recurrencia que no dejo que se marche porque, cierto, no soy tan valiente.
Rompo el silencio también, creo que los dos entendemos (cada quien en su trinchera) que no se puede a veces con tanto cuando se guarda tanta pasión albergada en ese sitio tan pequeño pero que se hace tan grande como es el corazón.
Estos días me sorprenden colibríes que bajan al patio de mi casa a extraer el néctar de mi sábila que florea, por ejemplo, y que me regalan sonrisas al ver la belleza tan grande y sencilla que tiene la vida, y agradezco a la vida dejarme sentir todo lo que siento por haberte un día conocido aunque sea yo de pronto una sombra para ti, pero salgo otra vez a la calle en la que se desvanece ya la tarde, y le grito a la vida del por qué estas triangulaciones, que por qué no puede haber algo completo, de ida y vuelta, perfecto se diría, como un círculo que es lo único perfecto en este mundo, pero la vida sólo se da la vuelta y se encoge de hombros como señalando hacia ninguna parte que eso no le corresponde, que eso es para algo que le llaman destino, entonces me doy cuenta que estoy en medio de un desierto que no tiene caminos, y tampoco fugas, escapes, donde quizá tampoco caben las lágrimas porque todo está reseco de sentir, donde mi camino no se extiende más allá de tres pasos.
Florentino subía con paso lento y taciturno la empinada y angosta calle empedrada sin nombre cuando escuchó una carrera sin ritmo que provenía calle arriba, se detuvo un momento y notó que se trataba de Favela, quien bajaba con la mirada bien abierta y perdida. Florentino la reconoció y la detuvo un momento preguntándole qué le pasaba, ella, sin decir nada, tomó una de las manos de Florentino y se la llevó hacia el lado izquierdo del pecho de Favela, entonces él sintió un sobresalto y se dio cuenta del ardor que provenía de su corazón, cruzaron la mirada y Florentino la soltó, Favela siguió su carrera hasta perderse calle abajo en la difuminada tarde que ya se había puesto. Florentino continuó caminando con paso lento, cabizbajo, con las manos atrás, con un dejo de derrota quizá sobre su espalda. No supo cuánto caminó que cuando se dio cuenta pasaba por fuera de la casa de Favela, había una luz tímida prendida en su interior, estaba vacía, lo sabía, se apresuró a sacar una pequeña libreta de notas para dejarle un recado pero, pensó, ¿qué le iba a poner? Exacto, nada, entonces escondió una lágrima necia, dio la vuelta y siguió su paso hasta perderse de igual manera calle arriba como una sombra más de la tarde-noche que se había apoderado del pequeño pueblo del que Florentino no pudo escapar más.
Escondo los silencios que no caben ya, estoy atragantado de aguantarme, mañana será otro día, quizá mañana vuelva a intentar esconderme, a intentar proponerme ser el ermitaño de un destierro que yo solo he querido buscar-encontrar y en el que tampoco encuentro sitio.
Son noches de luna, bendita sea, hermosa sea, y aun siendo ermitaño, tú me has de encontrar con la luz de la luna aunque tus rayos quieran tocar otros.
Y si te digo que te amo, no es porque haya intentado inventar otra palabra, es porque no existe otra.
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->
servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
4 Diciembre 2011
Uriel Moreno “El Zapata” se presentará mañana domingo 4, en la presente Temporada Grande de la Plaza México, y en la semana me llamó la atención un reportaje que le hicieron donde manifiesta su gusto previo a la corrida y que disfruta mucho la semana antes del compromiso que habrá de enfrentar y, también me llama la atención, el relativo cinismo y doble discurso del matador, por lo siguiente:
En la pasada feria de Pachuca, en la corrida celebrada como concurso de ganaderías el 9 de octubre, luego de celebrado el sorteo y entorilados los toros de esa tarde, la gente de la que se hace acompañar El Zapata sacó el toro que le había correspondido, lo subió a un cajón donde había llegado uno de los toros de reserva y ahí, casi frente a todos (aclaro, casi). Las autoridades se dieron cuenta de la anomalía y en cuanto llegaron los inspectores de la Oficina de Reglamentos y Espectáculos de la presidencia municipal, procedieron a multar a quien resultara responsable.
Antes, el juez de plaza condicionó al matador referido a que si quería lidiar el toro que ya había sido despuntado por Marino Ortega, tenía que cubrir la multa correspondiente, o en su defecto, saldría la primera reserva. El Zapata dijo que él no sabía nada, primero, luego dijo que si no, no toreaba, y finalmente le dijo el matador al juez: “a ver don Estricto, en quince días toreo en La México…”, así las cosas, los llamados profesionales de la Fiesta son con esas acciones los que le dan o le quitan categoría no sólo a la plaza, no sólo le otorgan respeto al público, que si paga un boleto deberían hacerle un descuento por echar toros despuntados, porque se escudan en que finalmente también uno despuntado pega cornadas, y de la misma manera, a su profesión.
Sé que me dirán que de siempre se han despuntado los toros, que en la misma Plaza México salen toros despuntados (hay hasta los que me súper juran que en la misma Las Ventas, ahí sí ya no sé ni me interesa). Está bien, no vamos en contra de si sí o de si no, lo que digo, es el cinismo y descaro de hacerlo ahí, a los ojos de todos, saltándose la autoridad, casi como una burla también para los demás.
Marino Ortega todavía le dijo a alguien que él había hecho figura a El Zapata, que siempre lo había cuidado y que no iba a ser la excepción ahora de no despuntar el toro de esa tarde. ¿Para ser figura hay que hacer eso? Mmm, ¿no sería más fácil que mejor no toree?, digo, así de plano no hay riesgo y no escuchamos ese doble discurso de querer ser figura… con toros despuntados, porque entonces, creo que está lejos esa condición de “amor a la profesión” que dicen los que se “juegan” la vida, y sobre todo, respeto y dignidad, digo, pienso yo.
Quizá los profesionales, y los “profesionales”, deberían promover en los futuros reglamentos taurinos que ya se pueda despuntar los toros, y también, las empresas ofrecer un descuento porque lo que verá el público son toros que no están íntegros como se dice, y los toreros, que como en el caso de El Zapata, no cobran cualquier cosa, tener dos tarifas, una por torear toros despuntados, y otra por torear toros en puntas, cuando incluso no debería de ser así.
Y como dato curioso y al calce, justo al único toro despuntado le dan el trofeo al “mejor” en su juego de ese concurso: un toro mansurrón, bobo, noble, es decir, ahora se premia la mansedumbre.
Y, ¿los aficionados se preguntan que con qué argumentos los antitaurinos atacan la Fiesta? ¡Pero si las razones ahí están! ¿Qué no?, lo que pasa es que no las saben.
servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
8 Noviembre 2011
Hoy mis gatos me acompañan, ciegos no y fieles sí, en la pradera de mis tardes, sin dejarme abandonado al temor, a ese mi temor de seguir sintiendo que no partimos sin partir, sino que reafirmamos esa condición de la mar, una mar de sentimientos en la que navega una coqueta barca de amistad.
He dejado de asirme al mástil ardiente de amarte aunque de pronto me engañe repitiendo a la luna, a los rastros de almohada cansada y llenos de susurros de te amos, que son tus destellos los que hoy me levantan y me dan aliento para que al irme a acostar siga siendo mi vano sueño el que te recoge en imágenes sueltas que no te sueltan aunque tú te zafes de unas débiles manos que se cansan y no, y de pronto esa preferencia que tampoco es frágil, cuando volteas también de pronto con una franca y bella sonrisa carmesí de bondad de destino, con tantas señales de vida para vivificar ese camino de la vida cuando se hace sueño.
Me nombras con la ambigüedad general sustantiva de “hombre”. A mí sólo se me viene a la boca del ardiente pecho, decirte: “te amo”.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->
servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
7 Noviembre 2011
Hoy comenzó la Temporada Grande en la monumental Plaza México, en una temporada diferente por la controversial propuesta no sólo en la capital del país sino en otros estados, de prohibir las corridas de toros.
Manifestaciones en contra y a favor es lo que se ve de meses a la fecha, y hoy reflexionaba acerca de esta condición de la imagen de la Fiesta heredada a través de un pueblo que nos conquistó (España). La Fiesta se arraigó tanto desde los primeros siglos que trajeron toros a México, que ha sido difícil erradicarla pese a que ha habido presidentes que la han prohibido ya en el siglo XIX y XX.
Hoy en día en un pueblo, por ejemplo en mi caso que lo he visto y vivido, de y en Hidalgo, no conciben una feria sin su día de toros, toree quien toree, desde tiempos donde sólo echaban vacas y toros criollos de la región y que iban maletillas con la ilusión de ser toreros, hasta hoy que se organizan en forma festivales (o hasta corridas), con matadores y toros de casta. Uno puede comerse todos los argumentos, válidos y no, de los que hoy buscan la prohibición de los festejos taurinos, pero en un pueblo se pueden ver los rostros de mujeres, hombres jóvenes y mayores, niños y adolescentes que sin comprender lo que ven, se emocionan, aplauden o chiflan, y después, salen a las explanadas, kioskos o simplemente a las empolvadas calles a comer los llamados antojitos mexicanos, o el algodón de azúcar o el hot cake de feria, y/o a subirse a los juegos mecánicos o a bailar donde se queda la banda a consumir horas de la noche con sus instrumentos desafinados pero con mucho entusiasmo y corazón.
Y hoy que fue un domingo de arranque de temporada en la plaza más grande del mundo, recordé cómo son los domingos para los capitalinos aficionados a la Fiesta de los toros: los hay quienes se van desde la hora del sorteo, a un inmueble que aunque todo tiene frío: el pavimento de cemento, los grandes muros y rejas, ellos ponen el calor, y al salir del sorteo se van a esperar consumir tiempo hasta que llegue la hora del festejo, yendo a comer a sus alrededores, a puntos de encuentro de los llamados taurinos, de la prensa, apoderados por ahí, novilleros por acá, chismosos por allá, todos entablando conversaciones al aire haciendo gala de sus conocimientos y “sabiduría” de que si tal torero triunfará, o que si no sé quién estará mejor, con el sol picoso y singular si se me permite la palabra, ya propio del invierno, y adentro de la plaza, el gritón de siempre con alguna ingeniosa ocurrencia (como es característico del buen pueblo mexicano), y el olor del puro, y todo aquello convertido en un tribunal que nunca se pone de acuerdo. A la salida, ya saben, algunos ya borrachos y eufóricos que quieren cargar a sus héroes efímeros del domingo por la tarde, o a censurar-abuchear si el torero ha estado mal. Cada quien con su cada cual, amigos, novia-novio, esposa-esposo o etc., se van a perder en las calles, en la noche, a hablar de si tal torero estuvo bien, mal o extraordinario, y a esperar ya el siguiente domingo para ir de nueva cuenta a la plaza, pero no piensan en si la muerte de tal o cual toro.
Sí, es una distracción-gusto-afición del capitalino como para aquel que va a las “luchas”, o al teatro (que son los menos, desafortunadamente), o a ver el concierto de algún artista que no se presenta regularmente en la capital, o al Cirque du Soleil o a alguna otra de las tantas y tantas novedades y actividades que tiene la inmensidad de la gran capital del país.
Aficionados, amigos, familiares y demás, aficionados y no, hay una realidad aparte de otras razones: vamos a los toros porque nos gusta y nos seducen las cosas que le rodean, no hay más; y hay otra realidad también: los que buscan abolir las corridas de toros sacan argumentos que no son los válidos, porque realmente el arte no necesita el sacrificio de un animal que no decide morir así y al que los taurinos dicen que eso es morir con más dignidad que uno que muere en un rastro, donde también sufre. Ok, ninguna de ambas es válida, no hay que buscar justificaciones tontas. ¿Una válida para la Fiesta?, así es: que produce trabajo a mucha gente, que es una fuente de ingresos para muchas familias, pero no hay que defender la Fiesta desde que si la conjunción de muchos artes, que si el toro no siente, que si aquello, no, más bien creo que mucha gente está despertando y si vivimos a diario con la zozobra de que hoy no nos pase nada cuando salgamos a la calle, menos queremos ver más violencia innecesaria como es, no del cómo se impone un hombre frente a un animal que no tiene conciencia y es irracional, sino cómo se va desplomando poco a poco un animal que no sabe lo que le pasará y que cuando pega su última embestida es para morir con una (digan lo que digan) dolorosa y penosa agonía.
Nos gusten o no los toros, hay una realidad.
Entonces, ¿sí o no a las corridas de toros?
servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
2 Noviembre 2011
No he perdido dolor porque te hayas ido, ni invierno porque así lo hayas querido, ni lloro por partidas que no quiero, tan sólo sosiego al desanhelo, y canto a mi suplicio por la culpa del destino,.
No he perdido el llanto por marcharte, ni maldiciones en mi almohada por las noches, no he querido así mi deventura, sin más partidas que mi muerte en vida.
No llevo nombre ya, porque también lo he perdido, como los pasos de un otoño ya vacío, sigo vacilando en la cuerda floja de la vida, por ser ella verdugo centellante.
No te encuentro, poetisa siempre susurrante, porque tu extravío es aún más lejano, que acaso me convengo a ser primero en todo, y lo presumo por ser quien me encuentro, al invocar a Dios contigo en un pequeño suspiro en el que pueda observar tan sólo un sueño, sí, siempre de ti, que de la misma manera estás como bendición cuando el sol cruce mi ventana al tener la dicha de despertar y sentirme vivo por amar, entrando acaso sus rayos siempre firmes contigo.
El tiempo es tan incierto, tan intangible en su reinado, que también nos lo encontramos sonámbulo en nuestras vidas, jugando a que no existe, vaciándose en desdichas, y celebrando las gotas vanas de gozo y dicha que hemos de dejar en un paso existencial de fuente viva, que sólo el olvido lo ha de apagar.
Una huella en el rostro: sigo bajando en el tiempo, sigo sumido en mis circunstancias, no es que la melancolía sea mejor o peor consejera, es sólo refranera a tanto que no se escribe.
En el corazón ya no hay nada y está todo, incluyendo condenas, odios, otras palabras y otras tantas esperanzas perdidas que nunca dejaron de ser sueños sin apenas encontrar nunca.
Sigo sin perder la conciencia, y sé que estoy vivo porque aún siento, pero quizá en mi oscura muerte de mis otras muertes, siga sintiendo que este pedazo de existencia se quedó para invocarte en vano un pedazo más de lo que ya no ha podido quedarse a firmar como esa devoción que me sigue llevando hasta tu luna, hasta mi recuerdo, hasta mi sustancia pura que se calla a instantes.
Atrás de mi almohada ya no queda nada, he aventado mis restos, sobre todo los gajos de lo que aún siento, siento-sentir-sentimiento-sintiendo, porque otra vez tú te has quedado a habitar-habitando lo que ya no queda detrás de una almohada rota a fuerza de romperse sola de lo que ya me he roto, sin dejar de romperme en amar.

servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
19 Septiembre 2011
Ese ejercicio constante, cada día, cada minuto de tratar de no pensarte, no me permitió darme cuenta esta noche, de pronto, que la luna ya estaba en lo alto, muy alto, como para que se haya ido el recuerdo que cada segundo quiero aventar y no levantarlo más.
Y ahí en lo alto acaricié la luna con el dedo, y más lejos como esos pasos que diste y que no pude retener sin apenas levantar un muro como represa para poderlos retener.
Fui a mi lecho, donde siempre puedo ver a través de mi ventana cómo se cuela la luz de la luna hasta su mismo silencio, templado, brillante. No quise cerrar las cortinas, quise tener un pedazo de rayo lunar, como si con éste tuviera un instante tuyo en mi cuarto, con un pequeño dejo de tantas palabras compartidas que también se quedaron en la intoxicante luna cuando ésta te bañaba por las noches sentada en su alto abismo a observarte con tu muda melodía de una danza seductora.
Tengo hoy por compañeros de cuarto, o de celda, de estos recuerdos en tono lunar, un par de mis gatos, que pasivos me observan cómo contemplo aquel punto mágico hundido en el firmamento oscuro de 

la noche, de mi noche que es negra siempre desde que tus pisadas han sido constantes, a veces fuertes, a veces imperceptibles, finalmente, y como sean, hacia tu destino, que desde donde estoy ya ni veo el camino que percibo, mi mirada se ha cansado ya también de secretos ardorosos de sal.
No seguiré más impulsos de mi corazón sordo, ni haré más caso de su obstinado contenido lunar apasionado de ti que me ha llevado de la luz a la oscuridad. Sí, siempre promesas que no cumplo, lo sé, porque sé que cuando vuelvan a venir otras noches de luna, quizá vengas sin venir, toda tú, con todo un baúl y maletas de recuerdos otra vez con un eterno tono lunar, con anhelos fallidos, y otras tantas evocaciones con el ardoroso precio de ahora, y las huellas de otras lágrimas secas que saben a este mortuorio silencio de tu silencio.
Se me ha hecho un vicio escribir y escribirte, y no más, entonces, recuerdos de tono lunar, siempre y cuando que en esos recuerdos de ti, vengas tú con la Luna.
servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
2 Septiembre 2011
Hoy, 2 de septiembre, se cumplen 2 también meses que te conocí en persona, que también agradezco el haberme hecho soñar, aunque ese sueño sólo durara horas, ni siquiera un día completo.
Hoy, en esta efeméride para mí, te digo un te amo, no con el arrebato de la desdicha de tu partida, ni la sozobra de tu ausencia, ni las tribulaciones de la inconsciencia ni con el nudo en la garganta del llanto de tu silencio, no, hoy te digo un te amo en paz, más cuerdo, más claro y nítido de mi pasión, con una maleta obstinada de sentimiento, lista para aventar a una mar de un difícil olvido, pero con más tranquilidad para poder volver a verte a los ojos y repetirte ese te amo sin una lágrima en el guardado de mi destino.
Sí, seguro que te extraño, a mañana, tarde y noche, a segundos, minutos y horas, y con la seguridad de jactarme que si hoy alguien te ama con conciencia e inconsciencia soy yo sin importarme de pronto nuestros destinos.
Hoy, con un amanecer en paz, te dejo este te amo en la calle, en el aire, en la mañana luminosa y en la fresca noche, en el detrás de tu cabecera y en el fondo de tus zapatos, en el borde de la mesa de la cocina y en la esquina de tu hombro, en la tibieza del agua de la ducha y en el fondo de tu luna. Un te amo con sabor a cerezas de la ilusión que se guarda, a frambuesas de madrugadas dejadas en el tintero, a sal de lágrimas de tantas despedidas y otros tantos reencuentros. A dichas de tantas canciones que nos dejaron sólo la silueta de palabras de hojas que seguirán en blanco.
Un te amo eterno, hasta que la eternidad termine, Paola.

servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo
28 Agosto 2011
Me quedé atrapado en tu mirada, la mirada de esa tarde-noche, porque ha sido en ese instante el sentido de pronto perdido, no era más sino para perderse, porque quizá me perdí queriéndote dibujar cada color del color de tus ojos, de tu cabello, de tu silueta, colorear cada sensación en cada célula de ti, ahí, donde no alcancen las palabras por no saberlas.
Así quedé, con la sensación de bordear con el dedo cada centímetro de tu rostro, de despintarlo y volver a culminarlo, y sólo me quedé con la intención de pronto de haber querido ser pintor sin lograrlo, porque ya habían sido recorridas las cortinas de la luz del color de tu rostro clavada en esa única imagen grabada en el encuentro.
No hubo más allá un dedo que pudiera alcanzar la redondez perfecta de la frontera de tu mejilla, de su soleada brillantez, y ahí, donde comienza la comisura de aquellos labios llenos de su sabiduría, de su antológico maquillaje de la sonrisa, hoy pareciera onírica cuando las palabras, y he de volver a decirlo, no alcanzan la realidad con tu poesía, poeta de tierras cálidas.
Me quedé entonces instalado en Sabina, le pregunté a su canción (y sólo por hoy), dónde un acorde tocó la silueta de tu cabello para irse más allá de, solamente y sólo así, del regalo suficiente de la luz que se quedó eternamente en la noche, en la mañana, en los sueños, en tantas palabras que se dijeron, donde, y nuevamente, nada alcanza: palabras y letras sueltas, incluso regaladas si acaso así fueran.
Y al final, me quedé aquí, a escribirte bajo tantos instantes del día de tantos días, y de la noche de tantas noches, bajo la luz y la sombra, a no encontrar una respuesta al sentido inmediato de tu luminosidad, y que yo no pudiera parecer un loco detrás de tu oído que siempre, como un acosador, repite que te ama.
Hago un acuerdo con las palabras y con lo que escribo, y me quedo en que sea yo una sombra que deambula entre las mismas sombras, asomándome alguna ocasión a tu voz que se ha ido, melodía callada, música para dormir, y sin que pudiera parecer tampoco un acechador, ese acechador te extraña.
Me quedé, pues, con la tarde y con el recuerdo para el después, o para el siempre de los instantes, que a fuerza de haber sido, se quedan en el “me quedé” conmigo, de un plagio a la vida, y de muchos segundos a la eternidad que no regresa.
servido por César Fernando
sin comentarios
compártelo